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Hacia los confines del altiplano andino

15 mar

ATENCION: ESTE ARTÍCULO RELATA UN VIAJE REALIZADO A MEDIADOS DEL AÑO 2001. EL TREN DE CARGA DEJO DE CORRER EN 2002. A LA FECHA (2010) NO FUE REACTIVADO.

Es la morada de los dioses, el ojo de un mar antiguo, y un lugar de majestuosos volcanes que se miran en un campo amarillo. Es Socompa, el destino final del tren carguero que ya no parte cada semana desde la estación de Salta hacia un interior del extenso altiplano sudamericano. Casi diez años más tarde, es sólo un buen recuerdo que algunas guías de viajero no actualizadas aún incluyen en sus recomendaciones.

Siempre late la sospecha que el tren de carga que lleva consigo semanalmente un par de vagones de pasajeros desaparecerá de la faz de la tierra. Pero él sigue allí, como una curiosa alternativa de viaje hacia el altiplano andino salteño por el famoso ramal C-14. Lo utilizan por igual turistas y nativos en cualquier temporada del año y parte cada miércoles de la Estación de Trenes de la ciudad cerca de las 10 de la mañana.

Hay que alistarse desde temprano para estar ahí cuando a las 8.30 abra la persiana una de las antiguas boleterías del lugar. Después de la ceremonia, los vagones se llenan de a poco. A veces parte uno, a veces suman dos. Esto depende de la temporada turística principalmente. Serán los lugareños, que viajan hacia algún punto intermedio entre San Antonio de los Cobres y la capital salteña, quienes se apurarán a tomar sus asientos mientras acomodan sus múltiples bultos. Los turistas (mochileros, argentinos y extranjeros) harán lo mismo aunque con más calma y se irán luego a caminar un poco por el predio de la estación para sacar las primeras fotos del diario de viaje.

La travesía dura tres días y, en todo el trayecto, ella requiere una disposición especial porque a veces se hará necesario olvidarse del tiempo. Hay ocasiones en que, antes de zarpar, la locomotora se encuentra en algún punto entre General Güemes y Salta, y el reloj ya apunta las 11 de la mañana. Otras veces ocurre que es imposible salir porque la lluvia o la nieve impedirán el paso allá lejos. Y quizá habrá momentos con horas de espera en plena altura debido a maniobras de carga o a la rotura de la locomotora que harán que otra venga para continuar con el traslado.

De todos modos, la algarabía será siempre la misma cuando la gente salude a los pasajeros mientras abandona la urbe en su viaje de ida. Estación Alvarado, Atocha y antes de Rosario de Lerma detiene su marcha en una añosa estación que aún pervive como testigo mudo de otras épocas. Aquí suben pasajeros, algunos septuagenarios. Irán coqueando, con polleras superpuestas como una chola boliviana. Si cuando llega el talonero le falta un poco de plata para completar el pasaje, seguramente él la mirará con picardía y no dirá nada.

El valle de Lerma se irá acabando de a poco hasta llegar a Campo Quijano al final de la primer gran curva. En esta segunda parada, la gente vende fruta, verdura, tortas, juguitos, helados y el diario. Se llena el vagón de pasajeros, y minutos más tarde, el tren entra en territorio puneño por el Portal de los Andes. En la Quebrada del Toro cambian bruscamente las tonalidades del paisaje mientras el río dibuja el suelo con la tinta que baja de muy lejos. Hay flores amarillas, alamedas, bosques de cactus, y verdes oasis donde asentaron los hombres sus puestos hace mucho tiempo. A ésta altura del viaje, en el vagón los grupos se mezclan y en el bar-cocina, los visitantes dialogan con los nativos de la puna.

Porfirio Puca, de unos 30 años, cuenta anécdotas sobre la construcción de la nueva ruta que une la capital con San Antonio de los Cobres – en la que trabajó – y de a poco cuenta también su vida. “Yo trabajé en las minas desde los 14 años pero ahora me dedico a la sastrería, la carpintería y arreglos de electricidad”, y cuenta que la ruta nacional 51 se hizo cuando llegó el primer camión de estafeta postal a San Antonio. “Antes esto era camino de arrieros que llevaban ganado en pie a Chile”.

Son 7 horas de trayecto a San Antonio de los Cobres desde Salta y en Diego de Almagro el tren está a mitad de camino. El tren se detiene en noche por San Antonio y generalmente pasa de noche el viaducto La Polvorilla, Abra de Chorrillos y Olacapato, pero cuando despunte el día el Tolar Grande la maravilla del altiplano se abrirá majestuosa. Apenas a las 6 de la mañana el sol comienza a desparramar color en las montañas. Hay como espejismos, pequeñas nubes detenidas al ras del suelo, cerros multicolores y desiertos de sal. Pasamos por Taca Taca y Vera de Arizaro, y en Caipe el tren detiene su marcha. “De todos los lugares que recorrí, éste es el más bonito”, asegura Julio, uno de los maquinistas de la nave. Explica por qué la zona norte es exclusiva de carga, habla de los corredores, de la posición estratégica de General Güemes, y finalmente de la potencia de la máquina que ahora ayuda a pilotear. “Pueden servir para darle luz a un pueblo”, apunta esta vez el navegante que se llama Nicolás y conduce la locomotora hasta la estación Socompa. “Genera 600 voltios y puede llegar hasta los 80 kilómetros por hora, aunque claro, con riesgo de descarrilamiento. En los ´70 llegaron éstas locomotoras desde Estados Unidos. Cada una cuesta 6 millones de dólares y hay como unas 30 en el país”, continúa.

La máquina transporta desechos de sal que vienen del salar de Pocitos, nitio, gasoil de reserva para locomotoras, azúcar, arroz y aceite en toneladas que van directo a los puertos del Pacífico y hace lo mismo con la carga que los chilenos estacionan en Socompa para trasladarla hacia los puertos en Argentina o Brasil.

La máquina atraviesa Churulaqui, una estación abandonada, en donde alguna vez un puestero vio allí un OVNI en 1984. “Está asentado en el diario del día”, precisa Nicolás. La altitud allí alcanza los 3600 metros y ya se divisa el volcán Socompa a lo lejos. Unos kilómetros después viene Quebrada del Agua. Las casas de los hombres que hacen el mantenimiento de las vías están como colgadas al borde de un precipicio. Son unas pocas que fueron construidas encajadas en la piedra de la montaña que miran hacia un ojo de un antiguo mar justo frente al gigante dormido.

Sólo resta un par de horas antes de pisar Socompa, el puesto al pie del volcán. Hay vicuñas en el camino y los restos de una locomotora y su carga que cayeron hace 3 años. Todo el grupo desciende en la frontera y, al bajar, la cabeza de muchos duele a causa de la altura. Es uno de los lugares con menos oxígeno en la zona así que se recomienda hacer todo lentamente.

La locomotora hace maniobras. Algunos turistas suelen cruzar la frontera para sacar fotos y saludar a los carabineros. Mientras la cocina del vagón humean los almuerzos. Los carabineros y otra gente que vive ocasionalmente en el lugar dialoga con quienes regresan al vagón en busca de alimento. Hablan de fútbol, de cuantos jugadores argentinos hay en Chile, de los militares, de Pinochet, de las guerras y del comercio de armas, de todo.

Cuando la locomotora emprende el regreso, son cerca de las 4 y el sol muestra todo el esplendor del paisaje. El macizo del Llullaillaco al fondo, el volcán Socompa en frente y un campo amarillo entre ambos, un cerro que parecen pechos de mujer mientras el templo sagrado de los Incas se superpone con otro en una exquisita y simétrica forma. El ojo de mar, los ojos que le siguen, una cañada y un paredón de piedra. Detrás, el infinito y el fondo mismo del mar pero hace millones de años atrás.

En el camino de vuelta se podrá observar el mismo paisaje del viaje de ida pero bajo otro sol y otra gama de colores. El viaducto La Polvorilla tendrá otra perspectiva al llegar al Abra de Chorrillos. Allí el viajero estará a 4500 s.n.m aproximadamente y si el día es claro la vista será de una belleza panorámica.

El regreso será algo cansador: la entrada al valle de Lerma ocurre recién a media tarde. Seguramente irán surgiendo muchas postales en la memoria, muchas historias por contar, y quedará la sensación de estar escuchando a los copleros que de noche entonaban sus canciones en la cocina del bar del vagón. Vivencias que no quedarán registradas en un rollo de fotos: momentos únicos de un viaje inolvidable.

Estación Tolar Grande: borderline entre la puna y el altiplano salteño

Estación Tolar Grande: borderline entre la puna y el altiplano salteño

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Publicado por en 15 marzo 2010 in viajes

 

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